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Senda intransitable

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No puede soportar otra lamedura de su hermana. Ácida y amarga como el zumo de un limón verde.

Fanática de la caricia del mar, ya no puede disfrutarla, le provoca hastío. Algunas formadas por arena, otras de piedra, todas coinciden.

En sus pensamientos más profundos, más íntimos y más secretos, desean que la mar se seque y deje de tocarla. La ha querido tanto, que no se atreve ni a aceptar que ahora lo que necesita es que desaparezca. Sus pensamientos la convierten en una asesina por fuerza de desesperación. La locura se apodera de la orilla. Una orilla violada.

No sabe diferenciar su composición, no sabe lo que es real y lo que no, la arena forma parte de ella, pero el plástico también, y ya no recuerda que fue antes, la arena o la inmundicia.

Cada día el mar le ofrece un bufet de fauna y flora exterminada.

Las sirenas ya no cantan, se han quedado sin voz, no tienen un lugar de la superficie terrestre donde posarse.

Aún queda algún que otro esqueleto estructural de lo que un día se llegó a llamar barco.

La orilla llora, reclama una explicación. No siente que merezca esa penitencia, pues ella no ha hecho algún mal.

Esconde a los cangrejos, piensa que así los podrá salvar, no más lejos de esto, no sabe que ellos intentan escapar, pues morir ahora para ellos es lo mejor que les podría pasar. Hecha de menos el canto de su amigo el ave, la gaviota por excelencia, era su gran compañera. Melancólica vive de su recuerdo.

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